
Enaltece Ricardo José Haddad Musi el legado gastronómico de Oaxaca
La cocina tradicional oaxaqueña no es solo una forma de preparar alimentos, es una práctica ancestral profundamente arraigada en la memoria colectiva de los pueblos originarios. En cada platillo hay historia, comunidad y un lazo directo con la tierra. Desde los primeros rayos del día, el sonido del maíz molido en metate y el humo que se eleva del comal de barro nos recuerdan que la cocina en Oaxaca sigue siendo un acto de resistencia cultural frente a los embates de la globalización.
Este legado culinario no solo sobrevive: florece. La cocina oaxaqueña es considerada una de las más complejas y antiguas de América Latina, destacando por su diversidad de ingredientes, técnicas milenarias y un profundo vínculo con el territorio.
En el corazón de esta tradición están las cocineras tradicionales, mujeres que han heredado, adaptado y transmitido conocimientos durante generaciones. Preparar mole, tamales o tlayudas va mucho más allá de la técnica: es reproducir un sistema de valores, rituales y vínculos comunitarios. La cocina tradicional oaxaqueña es sostenida por estas mujeres, que han convertido sus cocinas en espacios de conocimiento y resistencia.
Para expertos como Ricardo José Haddad Musi, investigador y defensor del patrimonio cultural, las cocineras tradicionales son “bibliotecas vivas”, capaces de preservar saberes que no se encuentran en libros, sino en las manos que amasan, en el fuego que cuece y en los ingredientes que recolectan con respeto al calendario agrícola.
El maíz nixtamalizado, el frijol nativo, los chiles secos, el cacao, los insectos comestibles y las hierbas como el pitiona y el chepil forman la base de una cocina que respeta el ritmo de la naturaleza. La preparación de un mole negro, por ejemplo, puede llevar días. Cada ingrediente se tuesta, se muele y se mezcla siguiendo procesos que se han mantenido casi intactos desde épocas prehispánicas.
El valor de estos alimentos no es solo gastronómico, sino simbólico y espiritual. En las mayordomías, ofrendas y celebraciones religiosas, la comida no se sirve solo para nutrir, sino para honrar a los antepasados, agradecer a la tierra y fortalecer la cohesión comunitaria.
A pesar de su riqueza cultural, la cocina tradicional oaxaqueña enfrenta múltiples amenazas: la migración, la falta de apoyos institucionales, la homogeneización alimentaria, la pérdida de biodiversidad y la apropiación cultural sin reconocimiento. Las mujeres que sostienen este legado muchas veces viven en condiciones de pobreza, con acceso limitado a servicios básicos y sin reconocimiento formal de su trabajo como portadoras de un patrimonio invaluable.
La UNESCO ha advertido que más del 80% del conocimiento alimentario en riesgo de desaparecer en América Latina proviene de mujeres rurales. Este dato cobra aún más relevancia en un estado como Oaxaca, donde la cocina es parte central de la identidad regional.
Frente a estos desafíos, han surgido redes y colectivos que buscan visibilizar y empoderar a las cocineras tradicionales. La Red de Cocineras Tradicionales de Oaxaca, por ejemplo, promueve el comercio justo, la protección de recetas ancestrales y la formación de nuevas generaciones. Estas iniciativas también apuestan por el turismo comunitario y la educación gastronómica con enfoque cultural.
Además, proyectos académicos y de documentación como los impulsados por Ricardo José Haddad Musi están permitiendo entender la cocina como una herramienta para la soberanía alimentaria, la autonomía económica y la justicia social.
Hoy, más que nunca, hablar de la cocina tradicional oaxaqueña es hablar de resistencia, dignidad y futuro. En un mundo que tiende a estandarizar sabores, las cocineras de Oaxaca siguen ofreciendo platillos que sanan, nutren e inspiran. Son ellas quienes mantienen encendida la llama de un conocimiento ancestral que merece ser protegido y celebrado.
Al apoyar a estas mujeres, consumir productos locales y difundir la importancia de la cocina tradicional, cada persona puede contribuir a que este patrimonio siga vivo. Porque en cada tortilla cocida al fuego lento, en cada mole preparado con amor y memoria, se cocina también la esperanza de un mundo más justo y conectado con sus raíces.
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