López Obrador, la palabra y el silencio: Opinión

Con información original de Excélsior

Ciudad de México. Ignacio Anaya

El engolamiento del presidente Andrés Manuel López Obrador incomoda. De manera superlativa saca de quicio a sus adversarios políticos e ideológicos. Los irrita porque no lo pueden dejar de escuchar, particularmente si quieren definir esquemas de inversión o incluso asumirse opositores a su mandato.

La oratoria del nuevo titular del Poder Ejecutivo tiene diferentes aristas, ya que está gobernando desde y con la palabra. La narrativa de su biografía tiene como ingrediente basal este particular uso del lenguaje, que primero empeña y luego busca honrar, pero que, sobre todo, usa para convencer, sino es que para seducir.

México tiene, por lo anterior, un jefe de Estado al que le gusta hablar. Que argumenta o enfrenta la crítica desde el discurso, que siembra confianza, construye acuerdos y también descalifica. Estas parecen ser las premisas. Un estilo personal ante el ejercicio del poder constitucional que limpiamente ha ganado. Pero, ¿de verdad necesita el mandatario mexicano acaparar el micrófono? La pregunta hay que formularla porque en este ejercicio concentra tanto su fuerza como su debilidad.

Y es que usar tanto la palabra termina por exponer al orador. Por un lado, a la repetición; es común que el Presidente encuadre sus mensajes o respuestas bajo un script previsible por reiterado. Por el otro, a la formulación de declaraciones que requerían de matices o cuidado para no generalizar, ya que en el proceso de transición por el que el país está embarcado es muy importante precisar, matizar, distinguir. Asimismo, es necesario tomar en cuenta que el presidente busca la transparencia derivada de su locuacidad, aunque a veces sus mensajes resulten crípticos o terminen siendo explicados por los colaboradores cercanos (“lo que el presidente quiso decir”).

Nadie que haya dado seguimiento a sus conferencias de prensa podrá negar que López Obrador se repite, se equivoca e incluso se expone.

Tampoco que, a pesar de ello, el mandatario es en sí mismo señuelo informativo. Hay que subrayarlo: sin reparar en escenarios adversos, políticamente hablando, el político tabasqueño se proyecta libre para decir lo que quiera decir cuantas veces tenga que decirlo. Sucede igual con su argot, no siempre correcto o pertinente, tomando en cuenta su ofrecimiento de gobernar para todos y sin revanchismos. Definitivamente la pasión le gana. Se trata de una situación esperada en quien asume la palabra como extensión de su cargo. Y esto no es bueno ni malo. Es parte de un estilo.

Por lo anterior, precisamente por lo anterior es que la agenda presidencial es tan seductora ya que de ninguna manera el discurso gubernamental resulta plano o intrascendente, pues hasta en la repetición de argumentos u oraciones López Obrador es noticia. Los reporteros que cubren sus conferencias matutinas enfrentan el factor sorpresa. Difícilmente trasciende qué temas serán abordados a las 7:00 horas en el salón Tesorería, aunque nadie abandona ese recinto sin material noticioso para llevar a la redacción de su medio o a su cuenta en las redes sociales.

Desde la campaña electoral, luego durante los cinco meses posteriores al día de la elección y los tres primeros meses de gobierno, resulta que López Obrador ha concentrado sobre sí mismo el ritmo informativo durante más de un año de vida pública en el país con los efectos esperados en la configuración de la agenda nacional. Todo esto, en su momento, también tendrá consecuencias políticas, lo mismo para su administración que para su partido, debido a que dicha dimensión mediática opaca a los dirigentes o líderes emergentes de su equipo y en general del Movimiento Regeneración Nacional, Morena, desde donde habrá de heredarse su indiscutible capital político, pero también su ideología, que por supuesto tiene.

La palabra es una herramienta imprescindible para el Presidente, pero esa palabra se acompaña de adjetivos y éstos configuran una particular visión del poder, de la historia y del futuro. Sin embargo, lo que diga o deje de decir es insuficiente para aquilatar la dimensión de su gobierno. Es por consiguiente indispensable esperar los primeros resultados de su mandato, porque toda palabra tiene caducidad. En consecuencia, si su elocuencia no aterriza con acciones concretas, contantes y sonantes medibles en la dirección de desarrollo, justicia e inclusión anunciada, entonces toda esa oratoria puede sepultar las expectativas de cambio que su proyecto sembró.

Es imposible visualizar un escenario en el que un presidente hable diario y diariamente ofrezca conferencias de prensa o declaraciones durante sus recorridos por el país, particularmente frente a los escenarios adversos de violencia, inseguridad, corrupción y profunda desigualdad social, escenarios que también requieren sus dosis de reflexión, es decir, de silencio.

López Obrador nos está dejando saber qué puede hacer con la palabra. Pero también es necesario conocerlo frente al silencio.

México se equilibra en la armonía de ambos extremos.

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