Otro ritmo, otra verdad: OPINIÓN

Lo anterior plantea que la posverdad no es una mentira sino algo más; el reino de la irracionalidad en el ágora del pensamiento, de la reflexión o el debate.

Con información original de Excélsior

Ciudad de México, 28 Noviembre. Luis Manuel Arellano Delgado

La posverdad no solo es neologismo; forma parte del actual entorno falso, de persuasión, chantaje y victimización. Por eso su incursión en la opinión pública es consustancial a la degradación intelectual.

Tan singular envilecimiento forma parte de la modernidad en múltiples campos; a la posverdad se le se puede reconocer en el arte tanto como en la publicidad. Sin embargo, donde impacta de manera relevante es en los contextos de la política y los mercados financieros.

En la arena pública los alegatos, debates y casi cualquier discusión quedan desplazados por las emociones o por los pruritos ideológicos que van construyendo cavilaciones irresponsables, aunque efectivas: lo importante no es qué se dice sino cómo se dice lo que se dice, sobre todo si se dice muchas veces o se acompaña de soportes mediáticos tergiversados.

Lo anterior plantea que la posverdad no es una mentira sino algo más; el reino de la irracionalidad en el ágora del pensamiento, de la reflexión o el debate. Los dispositivos de comunicación e internet facilitan esta dinámica sembrando perturbaciones que confeccionan una lectura adulterada y consecuentemente peligrosa, cuya interpretación orilla a tomar precipitadamente decisiones vitales para la sociedad. La “caída” de las bolsas es quizá la mejor expresión de la posverdad bursátil.

En México los medios de comunicación y las redes sociales difunden posverdad. La libertad editorial, en el caso de los primeros, desplaza el argumento por afirmaciones suscritas desde el hígado o desde el corazón, según el género noticioso. Redactores, reporteros, analistas y conductores asumen la premisa de ganar audiencias mediante el cómodo recurso de la opinión cultivada en reductos instintivos. Vendida como noticia, la posverdad alcanza su máxima expresión en los llamados “fake news”.

Pero la información pública no solo se distorsiona en esta dinámica. También existen procesos por los cuales muchos medios de comunicación y ahora muchos portales web distorsionan la realidad con el propósito de desacreditar actores políticos o movimientos sociales frente a audiencias acríticas que consumen esos contenidos.

La periodista Jacqueline Fowks revisó diversos casos relacionados con la construcción de posverdad en el contexto latinoamericano de los movimientos sociales enfrentados a gobiernos y empresas de extracción de recursos naturales. Aunque su valioso trabajo no profundiza respecto del impacto que supone la distorsión noticiosa en la deconstrucción de la verdad pública, si ofrece muchos ejemplos que el lector puede emplear para realizar ese ejercicio por su cuenta, ya que en América Latina la prensa tradicional sigue vinculada al poder político o empresarial. Por cierto, los ejemplos peruanos de esa complicidad son impresionantes.

Investigadora y académica, Fowks advierte que en este proceso de reconfiguración noticiosa la prensa tradicional ha ido perdiendo el monopolio informativo frente a la competencia que supone el periodismo digital en sus portales o las plataformas proveedoras de contenidos que luego se convierten en noticia como Facebook, Twitter y Youtube.

Los anteriores, empero, de ninguna manera son referentes alternativos al periodismo ya que catapultan contenidos masivos en la mayoría de los casos sin rigor profesional. De hecho, la posverdad se disparó precisamente a través del tráfico generado por las redes sociales.

“La velocidad de la noticia o del tuit no confirmado significa una amenaza nueva, a veces abrumadora: la rápida difusión de verdades incompletas en los medios sociales. Ante la práctica común que elude verificar o contrastar la información se requeriría un tiempo más lento, tanto de producción de la noticia como del consumo”, añade la autora.

En México gran parte del periodismo convive con estos mecanismos, en medio de la disputa extendida ya no de la posverdad sino de la credibilidad misma. El gobierno saliente de Enrique Peña Nieto se valió de todos esos recursos para sostener el modelo de desarrollo compartido por su partido y la oposición de derecha. No lo logró porque la posverdad tiene límites que corresponden al primer escalón de satisfacción ciudadana: empleo, ingresos, seguridad, justicia y calidad de vida.

Si como nuevo presidente Andrés Manuel López Obrador procesa la experiencia de su antecesor, la fortaleza que requiere podrá descansar en la construcción de indicadores de bienestar donde —definitivamente— es imposible mentir.

Referencia:

  • Fowks, Jacqueline. Mecanismos de la posverdad, Ed. FCE, Lima, 2017.

@LuisManuelArell

Aclaración: El contenido mostrado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.

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